El precipicio.-
Normalmente suele dar vértigo acercarse a un precipicio, e incluso miedo pararnos a pensar las consecuencias de esa larga y agónica caída, pero la memoria del ser humano demuestra ser eterna para lo intranscendente, y efímera para lo esencial.
Parece
mentira que después de lo vivido, y lo dejado de vivir en estos meses, en los
que hemos sido los protagonistas de la película de ciencia ficción y terror más
dramática que jamás hubiéramos podido pensar, seamos lo suficientemente
inconscientes como para volver a emprender una carrera en la que detrás de la
pancarta de meta, nos volvemos a topar con el precipicio.
Da
pavor la irresponsabilidad de los grupos de personas paradas, hablando,
obstaculizando las aceras, haciendo que tengas que ocupar la calzada para no
atravesar un ambiente que no sabes hasta qué punto está contaminado por la
inexistencia de protección en algunas de ellas. Ver cómo el uso de las
mascarillas en parte de la población adolescente y juvenil brilla por su
ausencia, o en el mejor de los casos las usan como coderas, entre risas y
empujones, mientras uno pasea con su familia cumpliendo las normas y cargado de
rabia al ver que volvemos al “todo vale” y a la falta de supervisión por las
autoridades competentes.
Llevo
tiempo pensando que el ser humano está avocado al “suicidio colectivo” impuesto
por camicaces cortos de memoria o incluso por la economía global. Llámalo
Covid-19, efecto invernadero o sobreexplotación de recursos, mientras que gran
parte de la humanidad no puede cubrir sus necesidades básicas, pero estamos
creando el caldo de cultivo perfecto para que la realidad que nos mostraban
esas películas rodadas a finales de los años 90, en las que la Tierra era un
gran desierto donde el poder lo ostentaba el que poseía el virus más patógeno y
letal, y los pocos habitantes que quedaban en ella, malvivían dependientes de
una bombona de oxígeno, cada día esté más cerca.
Esta
visión, que puede parecer tremendista y catastrofista, y que quizás lo sea, no
deja de estar basada en realidades objetivas, medibles y evidenciables, que de
momento no alarman lo suficiente a la sociedad porque las consecuencias, las
graves, las de verdad, las vivirán otras generaciones. Egoísmo humano…
Empatía.
La palabra y el significado que más repito en mis clases cada año. Mi comodín,
porque sirve para hacer recapacitar ante cualquier situación conflictiva que se
nos pueda presentar en nuestro día a día, y mucho más en el de un centro
educativo. La que intento sellar en el subconsciente de las generaciones que
van a tener en sus manos arreglar lo que sus mayores estamos destrozando con
total impunidad y sin el menor de los miramientos.
A
la solución, conocida e ignorada a partes iguales por la sociedad, solo le
falta el compromiso a nivel individual y las sanciones a nivel global a los
“todopoderosos” que se permiten la licencia de levantarse sin acuerdos en
cumbres que cuestan millones de euros y salir impunes ante sus negligentes
decisiones.
Mientras
tanto, no se agolpen en las aceras, no actúen como si nada pasara ya, sean
empáticos, que a día de hoy, en mis planes de futuro, no tengo contemplado
dejarme caer por el precipicio.

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