Dicen los que peinan canas que no hay nada más sabio
que el refranero español, y este que me viene hoy a la cabeza, se ajusta como
anillo al dedo a nuestra querida Andalucía.
Ha
llovido desde aquel 4 de diciembre en el que Andalucía, cansada de ser
vilipendiada y ninguneada alzó la voz y reclamó lo que se le negaba pero que
por derecho, merecía; ni más ni menos que dignidad y unas reglas del juego que
permitieran salir del subdesarrollo al territorio más castigado, a la vez que
trabajador y comprometido con el Estado.
Ha
llovido tan mal en los últimos 40 años en nuestras tierras, que las rosas
socialistas se marchitaron gracias a sus oscuras gestiones, consiguiendo que
crezcan tanto las malas hierbas, que
hoy tienen la capacidad de tomar decisiones sobre el futuro de una Autonomía en
la que no creen y con la que quieren acabar. Viendo lo visto, yo me pregunto,
¿se inmolarán en el Palacio de San Telmo alguno de estos días? Volviendo al
refranero, de aquellos polvos, vienen estos lodos.
Esta
situación mundial tan caótica, ha vuelto a poner el dedo en la llaga para
seguir maltratando al que se calla, al que soporta todo, al que no llora, y ya
se sabe, que el que no llora, no mama. Andalucía siempre ha mirado desde el sur
hacia el norte sin reproches, con una sonrisa, riéndose con quien se ríe de
ella, ese es el conformismo de esta bendita tierra, que le está costando la
salud.
Podemos
comprobar cómo año tras año, cuando el Ministro o la Ministra de turno, posan
en la foto con los tomos, o últimamente con los dispositivos digitales de los
Presupuestos Generales del Estado, al echarles un vistazo, solo por encima, Andalucía
cada día cuenta menos, siendo muchos más.
Tan
poco se escribe y se apunta en esos asientos presupuestarios sobre Andalucía,
que casi la mitad de los andaluces se encuentran en situación de pobreza,
dándose la paradoja de que somos líderes en lo malo y colistas en lo bueno.
Todo esto, siendo la Comunidad Autónoma que más servidores públicos aportamos a
las Cortes Generales, hasta 61. A la vista está que, o no son andaluces, o
anteponen unas siglas y un “status” social y económico al bienestar de los
vecinos y las vecinas que han depositado su confianza en que solucionen sus
problemas.
Cuánto vuelve a necesitar Andalucía otro
4 de diciembre. Otro Guadalquivir verdiblanco, nacido de las entrañas de sus
tierras para morir luchando en la libertad del océano. Otro grito de furia y
justicia, otro golpe en la mesa que remueva conciencias y haga palpitar
corazones tintados de paz y esperanza que inunden las calles pidiendo lo suyo,
no lo de nadie, sino lo que nos quitan los que lloran mientras aquí, en el sur,
no nos dejan ni levantar la cabeza para que no podamos ver la realidad de
Despeñaperros hacia arriba.
Nunca es tarde, si la dicha es buena.

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