En medio del verano, inmersos de nuevo en cifras alarmantes que hacen vislumbrar un nuevo encierro en nuestros hogares, nos despertamos con los resultados de dos procesos electorales autonómicos que si nos paramos analizar, hay mucha madeja que desliar.
No
hay que ser matemático para ver la aplastante victoria de los nacionalismos,
tanto gallego como vasco, siendo en el caso de Euskadi indiferente y no un
problema votar a un nacionalismo de derechas y a otro de izquierdas. Nacionalismo
al fin y al cabo.
Esto
en Andalucía pasó de ser una utopía a ser un castigo. Solo el hecho de que haya varios pensamientos nacionalistas andaluces
da fortaleza a los que se acuerdan de la Arbonaida solo el 28 de febrero para
justificar su voto a partidos centralistas. Habrá que seguir recordando que el
verdadero Día de Andalucía es el 4 de diciembre.
Retomaré
la defensa de lo propio en forma de reivindicación democrática de dos nacionalidades históricas, hermanas a la
nuestra, no sin antes bucear en los descalabros de unos y en las conformidades
de otros, que coinciden en técnicas de marketing político, la venta de humo,
artificial, del malo.
La
gaviota, dejándose llevar por los vientos gallegos y gracias al cartel de Feijó
que sobrevuela Galicia, ha conseguido con lo que Casado sueña, sin caer en la
cuenta de que, a veces, la marca no lo es todo.
Los vientos vascos siguen yendo en
contra de la gaviota, que en esta ocasión cargaba con una bolsa de naranjas,
que lejos de ser carburante para el viaje, ha sido un lastre que ha hecho
“arenizar” de bruces y a altas velocidades.
Pasando
del mundo animal al vegetal y rebuscando en el jardín, porque para encontrar la rosa socialista en estos
comicios, hay que rebuscar, nos encontramos con un partido residual en Galicia
y Euskadi, pero que gobierna España. De locos!!
Lo
divertido ha sido lo de Podemos. Ese grupo de reivindicativos que aprovecharon
la indignación de un pueblo harto de mentiras y desigualdades, que han pasado
de promover concentraciones sociales y justificar agresiones a las fuerzas de
seguridad del Estado, a suplicarles ayuda y disoluciones de enfadados en las
puertas de su chalet de lujo. Lo mismo si hubiera seguido viviendo en su piso,
en una planta alta, no habría escuchado tanta cacerola.
Aun
así, es normal, entre mareas, oleajes,
pudientes y comunes, el personal se ha perdido en un mar de papeletas moradas.
Ha quedado claro que al pueblo se le puede engañar durante un tiempo, pero no
para siempre. A ver la sangre que de esto hace la salvadora de Andalucía, esa
que un día, hace poco, se despertó andalucista.
Volviendo
a los ganadores de esta jornada electoral, se demuestra que el nacionalismo
vasco está más que engrasado y que no permite intromisión de todos aquellos
que, o no creen en un Estado de Estados, o directamente dinamitarían
Ajuria-Enea.
Por
su parte, el BNG ha sido capaz de
arrebatar la bandera gallega a los que la cogieron sin permiso con un discurso
cargado de populismo barato, utópico y rastrero, que juega con las
ilusiones de los que desean que les represente alguien honrado que le solucione
sus problemas. Triplicar sus resultados en cuatro años es para tener muy en
cuenta. Envidia sana.
Toca tomar nota en Andalucía,
apostar por lo nuestro, por lo de aquí, porque nuestros intereses no se vendan
al cruzar Despeñaperros, porque al final, como en las películas, la historia da
un giro dramático y tras la caída de caretas, quedan al descubierto los
verdaderos buenos y malos.
Cada
cosa en su lugar...

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